La mañana se
presentaba despejada por lo que decidí hacer un poco de limpieza desde bien
temprano. Apenas eran las siete de la mañana cuando sintonicé la radio, sonaba
Ed Sheeran. Sin dilación empecé a recoger la cocina apilando platos y vasos
sucios, barrí un poco el suelo y coloqué bien el sofá con sus respectivos
cojines en orden: verde, azul y verde. Una vez hecho todo esto me abotoné el
peto tejano de pantalones a los hombros y salí fuera a buscar agua del pozo. El
pozo se encontraba justo al salir a la izquierda de la casa, en una esquina, y
tirando de las cuerdas conseguí rellenar dos cubos que luego trasladé a la casa
para poder lavar los platos y vasos sucios.
En efecto la
casa era tan rústica como yo, sin agua corriente pero cuidada con mucho amor,
sobretodo porque era lo único que me quedaba, pero eso era. Fue entonces cuando
miré el reloj de pared y vi que las manecillas apuntaban las nueve en punto.
-¡Hora de
irse!- dije contenta
Sin pensarlo
dos veces cogí una cesta de mimbre algo ajada e introduje dos peras lavadas,
fruta, pan y algo de queso. Luego lo cubrí todo con un paño de cuadros negro y
azul oscuro, tapándolo a conciencia, me calcé las botas y salí de la casa
adentrándome en el pequeño bosque. El sol brillaba y los pájaros reproducían su
sonido como de un viejo vinilo del que jamás te cansas de escuchar.
Nada más
salir estaba el porche de la casa que se extendía un par de metros y bajando
unas escaleras, éstas daban acceso a un gran bosque que jamás había conseguido
atravesar sin miedo a perderme. Sabía que había un riachuelo a una hora de la
casa que abastecía mi pequeño pozo y aunque había estado allá nunca me había
atrevido a cruzar a la otra orilla.
El bosque
estaba formado por árboles altos y grandes que proporcionaban una sombra
exquisita en verano y una madera perfecta para los inviernos nevados. Aunque quizá lo mejor de todo fuera el
riachuelo de agua fría que se hallaba detrás del pequeño bosque que tenía en
frente.
Hacía pocos
años que estaba instalada allí, un par de años más o menos, pero cada día me
permitía apreciar y saborear todos los rincones, luces y sombras de aquel
terreno. No debería asombrarle a cualquier invitado que me pudiera pasar horas
sentada en la mecedora del porche analizando absorta cada rincón durante horas.
No me cansaba. Aunque pensándolo bien tampoco había tenido ningún invitado
hasta entonces.
Básicamente
mi tiempo pasaba entre reparaciones o lectura de libros al atardecer. Los
aparatos eléctricos eran mínimos, no necesitaba tantas comodidades. Tampoco
ellos me las habían proporcionado, quizá es que no las necesitaba. De todas
formas allí estaba a gusto, no necesitaba a nada ni a nadie excepto a Charlie
que se había convertido en una pieza clave.
La misión de
hoy era buscar a Charlie. Charlie era de ojos brillantes, estaba lleno de
energía, cariñoso hasta decir basta y me proporcionaba una compañía difícil de
obtener en aquél lugar. Así pues rápidamente me puse a silbar paseando entre
los árboles que iban de verde oscuro a claro, cubiertos en sus pies por hierbas
y flores de color rojo, lila y amarillo. Seguí caminando hasta llegar a un
pequeño claro, me senté en la hierba y saqué un pequeño mantel que llené de la
comida de la cesta. Debía faltar poco para que llegara él, aunque lo que me
preocupaba es que hacía días que tardaba algo más de lo normal. Fue entonces
cuando escuché a lo lejos el crujir de unas hojas y una mancha venir corriendo
y antes de que me diera cuenta Charlie se abalanzó sobre mí tumbándome en el
suelo y lamiéndome la cara.
-¡Hola
chico! ¡Cada día estás más gordote, eh! – dije mientras no paraba de rascarle y
acariciarle detrás de las orejas.
Charlie era un
gran perro lobo de pelaje marrón oscuro que venía cada día a visitarme desde
que un día nos encontramos por casualidad. No conocía al dueño del perro, o es
que quizá simplemente no tuviera, y viniera cada día a hacerme compañía. Lo descubrí
unos meses atrás, una mañana paseando y viendo como el animal descansaba en una
sombra en verano. Él estaba sediento y hambriento por lo que compartimos dos
horas entre lametones, juegos y un buen picnic. Puede que suene raro que
compartiera ése tiempo con el perro pero sin duda sentía una conexión con el
animal, sabía que me entendía, que no me juzgaba por ser quien era, lo que
había hecho o lo que hacía. No, un perro lobo no hace ésas cosas.
Me tumbé en
la hierba, con los rayos de sol acariciando mi cara y dejando que el viento
rozase ligeramente mis pestañas. Rápidamente Charlie se tumbó a mi lado y lamió
mis dedos para que le rascara.
-No sé si te
llamas Charlie, quizá ni siquiera te gusta pero no se me ocurre otro nombre –
susurró Max con los ojos cerrados.- espero que no te moleste si no te llamas
así. No es mi intención. Quizá un día podríamos hacer una búsqueda de nombre
que te guste.
Fue entonces
cuando Charlie volvió a lamer mis dedos, en una señal que no acabé de entender.
-Quizá
deberías explicarme un poco de ti, muchacho, aunque parece una tarea imposible.
De mí tampoco te podría contar mucho, ya sabes todo lo que deberías saber
después de todas estas citas – sonreí- sin duda eres el muchacho más agradable
y simpático que he conocido. Créeme, eres increíble.
Charlie se
levantó de golpe alejándose de mí. Me quedé sentada observándole. Estaba mirando
fijamente en un punto al final del claro, el lugar desde dónde él siempre
aparecía y luego se marchaba. Fue entonces cuando algo cambió de repente en el
aire, algo electrizante se expandió por mi cuerpo y me empecé a sentir algo
mareada. Charlie de golpe empezó a gruñir, fue un sonido leve, muy bajito pero
lo oí. Me quedé unos momentos estática, jamás había tenido ésa sensación, me
sentía como fuera de lugar. Y tan rápido como había empezado aquella sensación acabó
de golpe.
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