miércoles, 15 de enero de 2014

CAPÍTULO 1

La mañana se presentaba despejada por lo que decidí hacer un poco de limpieza desde bien temprano. Apenas eran las siete de la mañana cuando sintonicé la radio, sonaba Ed Sheeran. Sin dilación empecé a recoger la cocina apilando platos y vasos sucios, barrí un poco el suelo y coloqué bien el sofá con sus respectivos cojines en orden: verde, azul y verde. Una vez hecho todo esto me abotoné el peto tejano de pantalones a los hombros y salí fuera a buscar agua del pozo. El pozo se encontraba justo al salir a la izquierda de la casa, en una esquina, y tirando de las cuerdas conseguí rellenar dos cubos que luego trasladé a la casa para poder lavar los platos y vasos sucios.

En efecto la casa era tan rústica como yo, sin agua corriente pero cuidada con mucho amor, sobretodo porque era lo único que me quedaba, pero eso era. Fue entonces cuando miré el reloj de pared y vi que las manecillas apuntaban las nueve en punto.

-¡Hora de irse!- dije contenta

Sin pensarlo dos veces cogí una cesta de mimbre algo ajada e introduje dos peras lavadas, fruta, pan y algo de queso. Luego lo cubrí todo con un paño de cuadros negro y azul oscuro, tapándolo a conciencia, me calcé las botas y salí de la casa adentrándome en el pequeño bosque. El sol brillaba y los pájaros reproducían su sonido como de un viejo vinilo del que jamás te cansas de escuchar.

Nada más salir estaba el porche de la casa que se extendía un par de metros y bajando unas escaleras, éstas daban acceso a un gran bosque que jamás había conseguido atravesar sin miedo a perderme. Sabía que había un riachuelo a una hora de la casa que abastecía mi pequeño pozo y aunque había estado allá nunca me había atrevido a cruzar a la otra orilla.

El bosque estaba formado por árboles altos y grandes que proporcionaban una sombra exquisita en verano y una madera perfecta para los inviernos nevados.  Aunque quizá lo mejor de todo fuera el riachuelo de agua fría que se hallaba detrás del pequeño bosque que tenía en frente.
Hacía pocos años que estaba instalada allí, un par de años más o menos, pero cada día me permitía apreciar y saborear todos los rincones, luces y sombras de aquel terreno. No debería asombrarle a cualquier invitado que me pudiera pasar horas sentada en la mecedora del porche analizando absorta cada rincón durante horas. No me cansaba. Aunque pensándolo bien tampoco había tenido ningún invitado hasta entonces.
Básicamente mi tiempo pasaba entre reparaciones o lectura de libros al atardecer. Los aparatos eléctricos eran mínimos, no necesitaba tantas comodidades. Tampoco ellos me las habían proporcionado, quizá es que no las necesitaba. De todas formas allí estaba a gusto, no necesitaba a nada ni a nadie excepto a Charlie que se había convertido en una pieza clave.

La misión de hoy era buscar a Charlie. Charlie era de ojos brillantes, estaba lleno de energía, cariñoso hasta decir basta y me proporcionaba una compañía difícil de obtener en aquél lugar. Así pues rápidamente me puse a silbar paseando entre los árboles que iban de verde oscuro a claro, cubiertos en sus pies por hierbas y flores de color rojo, lila y amarillo. Seguí caminando hasta llegar a un pequeño claro, me senté en la hierba y saqué un pequeño mantel que llené de la comida de la cesta. Debía faltar poco para que llegara él, aunque lo que me preocupaba es que hacía días que tardaba algo más de lo normal. Fue entonces cuando escuché a lo lejos el crujir de unas hojas y una mancha venir corriendo y antes de que me diera cuenta Charlie se abalanzó sobre mí tumbándome en el suelo y lamiéndome la cara.

-¡Hola chico! ¡Cada día estás más gordote, eh! – dije mientras no paraba de rascarle y acariciarle detrás de las orejas.

Charlie era un gran perro lobo de pelaje marrón oscuro que venía cada día a visitarme desde que un día nos encontramos por casualidad. No conocía al dueño del perro, o es que quizá simplemente no tuviera, y viniera cada día a hacerme compañía. Lo descubrí unos meses atrás, una mañana paseando y viendo como el animal descansaba en una sombra en verano. Él estaba sediento y hambriento por lo que compartimos dos horas entre lametones, juegos y un buen picnic. Puede que suene raro que compartiera ése tiempo con el perro pero sin duda sentía una conexión con el animal, sabía que me entendía, que no me juzgaba por ser quien era, lo que había hecho o lo que hacía. No, un perro lobo no hace ésas cosas.

Me tumbé en la hierba, con los rayos de sol acariciando mi cara y dejando que el viento rozase ligeramente mis pestañas. Rápidamente Charlie se tumbó a mi lado y lamió mis dedos para que le rascara.

-No sé si te llamas Charlie, quizá ni siquiera te gusta pero no se me ocurre otro nombre – susurró Max con los ojos cerrados.- espero que no te moleste si no te llamas así. No es mi intención. Quizá un día podríamos hacer una búsqueda de nombre que te guste.  

Fue entonces cuando Charlie volvió a lamer mis dedos, en una señal que no acabé de entender.

-Quizá deberías explicarme un poco de ti, muchacho, aunque parece una tarea imposible. De mí tampoco te podría contar mucho, ya sabes todo lo que deberías saber después de todas estas citas – sonreí- sin duda eres el muchacho más agradable y simpático que he conocido. Créeme, eres increíble.



Charlie se levantó de golpe alejándose de mí. Me quedé sentada observándole. Estaba mirando fijamente en un punto al final del claro, el lugar desde dónde él siempre aparecía y luego se marchaba. Fue entonces cuando algo cambió de repente en el aire, algo electrizante se expandió por mi cuerpo y me empecé a sentir algo mareada. Charlie de golpe empezó a gruñir, fue un sonido leve, muy bajito pero lo oí. Me quedé unos momentos estática, jamás había tenido ésa sensación, me sentía como fuera de lugar. Y tan rápido como había empezado aquella sensación acabó de golpe. 

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